
«Juan Abarca, aragonés, se casó con María Abarca, hija del señor de Gavín y prima lejana suya, con la que no tuvo hijos. El matrimonio debió de durar poco, ya que el 20 de abril de 1517 se celebró su misa nupcial con doña Orosia de Arto, con la que tuvo tres hijos: Bernardino, Violante y Ana. Pero no perdió el tiempo; en su segundo testamento y en el codicilo añadido a él por su madre, datados en enero y diciembre de 1518 (protocolo de Martín de Lasala para ese año), se mencionan cuatro hijos de ganancia de don Juan: Juan, Jerónimo, Catalinica y Gasparico, lo que demuestra que durante su soltería y viudedad no observó una conducta especialmente ordenada».
La irrupción de la familia Abargues en Calp no llegó envuelta en lirismos rurales ni en estampas de colonos. Llegó, como casi todo lo decisivo en la Historia, por una mezcla de azar y supervivencia. Sabemos que los Abargues —o Avargues, o Abarques, o Abarca según el archivo que se abra— aparecen en Calp hacia mediados del siglo XVI, procedentes de la nobleza aragonesa y al hilo de las necesidades defensivas del virrey duque de Calabria. Fueron guerreros destinados a esta costa desolada. Pero el relato es más complejo, más interesante y, sobre todo, más humano. Comienza con dos hermanos desplazados, hijos naturales —bastardos— del señor de Garcipollera, Juan y Jerónimo Abarca, referidos en el antecedente.
El origen documental sorprende por su épica, y habrá quien lo discuta. Un opúsculo madrileño de 1667 recoge el certificado del Real Despacho de nobleza donde se detalla la llegada a Gandía y Calp de «don Juan y don Gerónimo Abargues», veteranos de la expedición de Argel de 1541, quienes «hicieron su asiento y morada al retirarse de sus glorias y fatigas». Eran hijos no legítimos de don Juan Abarca y Gurrea, señor de Garcipollera, cuyas andanzas sentimentales dejaron descendencia extramatrimonial abundante: Juan, Jerónimo, Catalinica y Gasparico. El nacimiento posterior de un heredero legítimo, Bernardino, dejó a los hermanos en la orilla social donde tantas veces terminaban los hijos nacidos fuera de matrimonio. Este desarraigo los dejaba dueños de un apellido incómodo, sin mayorazgo y con la movilidad como destino.

Es ese desplazamiento nada romántico lo que explica su llegada a tierras valencianas. El apellido se modificó de Abarca a Abargues, quizá como gesto de pudor o quizá como estrategia. El acomodo en estas tierras se entiende mejor si se atiende al contexto, con los estados de Gandía vinculados a la casa de Borja y con los Enríquez, descendientes de un hijo natural de Fernando el Católico. No haría falta demasiada imaginación para suponer cierta complicidad hacia quienes compartían una condición irregular.
En Calp, además, la Baronía atravesaba un momento turbulento. Las pugnas sucesorias de los Palafox, no resueltas hasta 1553, abrían espacios de influencia para quienes pudieran ofrecer fidelidad, armas y experiencia. Los Abargues encajaban en la pieza. Eran hombres de guerra, jóvenes aún, con aspiraciones y sin nada que heredar en Aragón. Llegaron, pues, no como aventureros sino como piezas oportunas en un engranaje señorial que necesitaba reforzarse. Por ello recibieron heredades en el secarral calpino.
Un siglo más tarde, la familia estaba ya firmemente asentada. Don Juan Abargues Abargues —hijo de primos hermanos, como tantas veces en la estrategia matrimonial de la época— enlazó con María Torres, nieta del gobernador de Murla. El linaje se proyectó entonces entre Calp y Benissa, consolidando una red de alianzas que amplió tierras, rentas y presencia social. En 1717, Vicente Abargues decidió instalarse en Benissa, manteniendo las posesiones calpinas como territorios productivos. Calp era entonces poco apta para la residencia estable por la permanente inseguridad costera.
La integración benissera no diluyó la identidad original del linaje. En 1743, Josep Abargues —«ciudadano y familiar del Santo Oficio»— dotó a su hijo Juan con una renta anual de 4.000 libras situada expresamente «sobre su hacienda, tierras y casas que tiene y posee en Calp». Lo que los primeros Abargues recibieron como recompensa o acomodo, los descendientes lo mantuvieron como base económica durante generaciones.

El hilo que une todos estos documentos no es —como a veces se intenta presentar en la narrativa local— una continuidad serena de familias antiguas asentadas desde siempre, sino la historia de un linaje desplazado que encontró aquí una segunda oportunidad. Bastardos originarios, sí; pero nobles en su proyección, estratégicos en sus alianzas y tenaces en la conservación de sus bienes.
En la comarca, donde la memoria es larga, pero a veces selectiva, conviene recordar que buena parte del entramado agrario e incluso devocional del territorio nace de estas trayectorias irregulares; de los que no heredaron y marcharon, de los que cambiaron de apellido para no cargar con la sombra de un pasado incómodo. «El último bastardo» no es un insulto ni una licencia literaria. Es la clave de lectura para entender cómo Calp y Benissa se poblaron y sobrevivieron.
La historia local no suele ser muy complaciente, pero siempre es fascinante cuando se sigue el rastro de quienes, como los Abargues de Garcipollera, llegaron no desde la gloria, sino desde un dolor de exilio.

EL SÍMBOLO EN LA PIEDRA
El linaje Abargues se cruzó de forma inevitable con los Torres, otro de los pilares de la documentación histórica de Calp y Benissa. Sabemos que en 1791 la casa-torre de la Cometa, llamada «casa de campo con labranza del Dr. Joseph Torres», aparece ya plenamente identificada y habitada; y que su «capilla dedicada a San Juan Bautista» formaba parte del conjunto patrimonial levantado sobre ruinas moriscas. Un año después, el propio Torres-Abargues instó su ejecutoria de nobleza ante Carlos IV, donde identificó sus heredades calpinas: 44 jornales en el Pla y Tros de Jerónima, 3 en el Ràfol y 5 jornales y casa en La Cometa. Todo este patrimonio terminó articulado con las propiedades Abargues, conservadas por la familia hasta mediados del siglo XX.