El viaje de Hisa: una visión japonesa del Calp de 1966

Hisa Okada en el Benacantil alcantino, verano de 1966. Fuente: el autor

 

En la actualidad, cerca de medio millón de japoneses visitan España cada año. La creciente afluencia de turismo nipón, sin embargo, no se prodiga por estas costas alicantinas, muy condicionadas ellas como destino turístico por su etiquetado de sol y playa a cualquier precio. Estos turistas orientales, de alto poder adquisitivo, dirigen su interés principalmente hacia las grandes capitales y Andalucía. Atraídos por las ciudades monumentales en las que prima como atractivo la cultura y las tradiciones españolas, los japoneses sienten una especial fascinación por algunos tópicos y estereotipos nacionales: esas peculiaridades de nuestros atavismos patrios que ayudan a acentuar los contrastes entre ambas culturas.

Hisa y Kanji Okada, originarios de Tokio y Kioto respectivamente, visitaron Calp hace medio siglo, en el verano de 1966. Eran por entonces una pareja joven, recién casada, que había llegado a Calp de forma casual, sin un plan previo establecido. Su particular presencia en este pueblo debió de causar sorpresa entre los vecinos de la época. Calp, en aquellos años, contaba con una población de unos dos mil habitantes y un presupuesto municipal que no alcanzaba el millón de pesetas. El fenómeno del turismo residencial apenas había comenzado a despertar poco tiempo atrás.

Pedimos a Hisa, a quien hemos conocido de forma simpática y circunstancial, que nos remita unas líneas con sus recuerdos sobre el Calp de entonces. Cumple su promesa. Envía una crónica, escrita en un pulcro castellano, y algunas fotografías que reproducimos a continuación sin añadir una sola coma.

 

«Era un caluroso día de agosto de 1966 cuando mi marido y yo, por casualidad, bajamos del autobús en Calpe. Realmente no teníamos ningún interés en particular ni información turística sobre este pueblo. Solo queríamos quedarnos allí disfrutando de aquella bonita playa.

Intentamos buscar algún sitio donde dormir y en un bar la gente nos habló sobre una casa particular. La casa estaba entre la carretera y el mar en la parte derecha del pueblo.

La dueña era una mujer entrada en carnes, viuda con su correspondiente ropa de luto. En esa época era muy común ver mujeres vestidas de negro. Nos pareció una persona bastante simpática y amable. Pasamos a una habitación con cama de matrimonio que nos pareció que hubiese sido el dormitorio de la propia viuda y su marido. Estaba muy limpia y las sabanas tenían unos bonitos bordados que probablemente la viuda hubiera hecho ella misma. Nos gustó mucho.

Por la tarde salimos a recorrer el pueblo de punta a punta. Cuando llegamos a la playa vimos mucha gente al fondo. Al acercarnos a la muchedumbre, descubrimos algo que parecía unas barreras. Mientras nos preguntábamos para qué podrían ser, entre gritos de alegría aparecieron unos novillos. Finalmente entendimos que dentro de poco iban a empezar las capeas.

Bous a la mar
Corral en la arena
En la barrera

Al lado de las barreras había una casa con una terraza en la primera planta. Algunos aldeanos subieron a esta terraza por la escalera de fuera para tener unas mejores vistas el espectáculo que desde playa. Nosotros los seguimos y conseguimos un buen lugar. Muchos chicos entraron en las barreras e intentaron  torear o jugar con los novillos. Así pasaron unos momentos.

De repente un novillo consiguió escapar de las barreras y, corriendo por la playa, finalmente subió por la escalera de la casa y llegó a la terraza donde nosotros estábamos. ¡QUÉ  MIEDO!  Todos gritaron e intentaron escapar por la escalera.

Yo esperaba que mi marido me protegiera pero, ay de mí, ¡él estaba ocupado haciendo fotos!  Como no pude salir por la escalera, corrí al otro lado de la terraza para buscar otra manera de huir del caos y me asomé por la baranda. Entonces un señor que me vio levantó sus brazos hacia mí y me dijo que bajara apoyándome sobre sus manos. Haciendo acopio de valor, salté por encima de la baranda y me puse de pie sobre sus manos. Este simpático caballero me bajó hasta la playa. Como sabía muy poco de español, solo pude decirle “muchísimas gracias”

Después de que el novillo saliese de la terraza, se reanudó la capea y la terraza se volvió a llenar de la gente, entre la que yo también me encontraba. Al encontrarme con mi marido éste me dijo ¡¡que había hecho buenas fotos!!

Diez minutos después, el novillo subió otra vez a la terraza. ¡Otra vez la misma historia! Encontré de nuevo a mi amable salvador, el cual levantó como la vez anterior sus brazos y, sonriéndose al mirarme, me volvió a bajar sobre sus manos.

Tras la vaquilla
Tentando
Coso del Racó
Playa del Racó de Calp, llena de público
Vista desde la escollera
Atardecer en Calp

Siempre que recuerdo esta escena, no puedo alcanzar a comprender cómo esta persona pudo soportar mi peso y bajarme a la arena en aquella posición. Debía de ser una especie de Supermán.

Lo que recuerdo también es que ese día, en lugar de llevar pantalones, me puse una falda.

Aunque posteriormente he visitado España muchas veces, casi cada año, no he vuelto a Calpe después de la ocasión que he contado.  Por eso en verdad no tengo ninguna idea sobre cómo está el pueblo ahora. Cuando escucho el nombre de CALPE me acuerdo de aquellos días de 1966.

Allí no teníamos nada especial que hacer. Simplemente pasábamos los días tranquilamente, caminando sin rumbo por sus calles y callejones. Un día encontramos por primera vez en España, sobre la barra de un bar, lo que parecían unas anguilas guisadas. Eran bastante gruesas y estaban cortadas en trozos de 4 o 5 cm. En Japón también se comen pero generalmente es un plato de lujo. Se abren y se cortan en filetes y las comemos a la parrilla con salsa de soja. No tardamos mucho en probar una tapa de aquella nueva comida. Aunque el sabor era algo distinto de lo que habíamos imaginado, un poco más duras y grasosas, nos gustaron.

Hisa en la avenida de Gabriel Miró
Kanji, en una avenida sin tráfico

En una esquina del bar, la gente nos observaba con curiosidad. En aquella época no se veían muchos orientales, especialmente por Calpe. Quizás nosotros fuéramos la primera pareja oriental. Fuimos a aquel bar 2 o 3 veces mientras estuvimos en el pueblo.

No estoy realmente segura, pero según creo recordar, había campos de  vides cerca de la playa. La escena de esos campos también era nueva para nosotros. Fascinados veíamos cómo las vides se extendían por todos los campos y los racimos caían hasta el suelo donde parecían recostarse sobre la tierra como echando una siesta. En Japón hacemos crecer las vides hasta convertirse en parras y los racimos cuelguen de ellas. En España la gente tiene que agacharse en la vendimia, pero en Japón los trabajadores tienen que empinarse, alargando el cuello. Me pregunto cuál de los dos trabajos será más duro.

Un día saliendo de la playa, cuando caminábamos por los campos, cogimos unas uvas y nos las comimos. Hoy le confieso éste nuestro pequeño robo al propietario de este campo.

Son muchos los recuerdos de mi estancia en Calpe, pero voy a contarle el que para mí es el más importante e impresionante. Se trata de un hecho relacionado con la amabilidad de la gente, el cual resultaría increíble estos días.

Yo tenía un cheque bancario de una agencia de viajes en Madrid. Me habían dicho que podría cambiarlo por efectivo cuándo y dónde quisiera. Como era joven, no sabía qué era ese papel y simplemente creí lo que la agencia me había dicho.

Mientras estábamos en Calpe, gastamos todo el efectivo que teníamos. Después de un día festivo fui al banco del pueblo. Sin embargo me dijeron que no podían cambiar el cheque por efectivo, pero que tal vez en un banco grande en Alicante lo harían. Era ya muy tarde para ir a Alicante ese día. Además no teníamos bastante dinero para el autobús. Pero teníamos que ir a Alicante, aunque fuera en autostop.

Salinas de Calp
Camino del Mar, hoy paseo
Almacén de las Salinas
Viñas del Pla

Al día siguiente, antes de salir de la casa, intentamos explicarle, casi con señas, nuestro estado a la dueña de la casa. Enseñándole  el papel, le dije que volveríamos cuando tuviéramos dinero para pagarle los gastos de alojamiento. Finalmente pareció entendernos y supuso inmediatamente que no teníamos dinero para transporte ni comida. No se imagina lo que sucedió a continuación. La señora trajo 300 Pesetas y nos dijo que fuéramos en autobús, comiéramos algo, y cuando regresáramos se las devolviésemos. En esa época 300 pesetas eran mucho, y supusimos que especialmente muy valiosas para aquella viuda que nos alquilaba su habitación. Ella no sabía realmente quiénes éramos nosotros, aquella pareja oriental. ¿Por qué nos creía? ¿No tendría ninguna duda? Era la persona más simpática del mundo, pensamos.

Gracias a la viuda, nos marchamos con el corazón lleno de afecto y armados de valor. No cogimos el autobús, porque no sabíamos qué nos aguardaba el futuro y decidimos ahorrar aquellas preciosas 300 pesetas. Al medio día llegamos a Alicante en autostop y buscamos el banco más grande. Pero ellos tampoco nos cambiaron el cheque. Caminando por la ciudad, se me ocurrió una idea: debía de haber una sucursal de la agencia de viajes en Alicante.

Subasta del pescado
Refrigerio
En el castillo de Santa Bárbara. Alicante
Forat de la Mar, donde paraba el autobús
Calle de la Ermita, cerca de su casa de acogida
Hoy, calle Alicante

Después de preguntar a mucha gente, llegamos a la oficina de la agencia. Al entrar dije “el jefe por favor”. El señor parecía simpático y nos habló en inglés. Mirando el cheque, intentó hablar con la oficina de Madrid. Pero en 1966 la situación del teléfono de larga distancia no era muy buena. Esperamos y esperamos largo rato. Finalmente no fue posible comunicarse con Madrid. Nos dijo que al día siguiente por la mañana podría hablar con ellos y cambiarnos el cheque por efectivo en la oficina de Alicante. El jefe de la oficina dedujo que no teníamos dinero para dormir ni cenar esa noche. ¡Fue tan amable! Sacó 500 pesetas de su cartera y nos dijo que comiésemos bien y durmiésemos bien.

Por la mañana conseguimos el dinero y con mucho agradecimiento le devolvimos al señor el dinero que nos había prestado. Antes de tomar el autobús a Calpe, subimos al Castillo de Santa Bárbara. Al ver aquella maravillosa vista, me relajé y lloré.

En cuanto llegáramos a Calpe, buscaríamos alguna pastelería para comprar algún regalo como agradecimiento a la viuda. En una pastelería, para nuestra sorpresa, encontramos algunas tartas que llevaban nata coloreada de azul, la cual nunca habíamos visto en Japón. Fue otro descubrimiento en Calpe hace más de 50 años».

 

Hisa y Kanji viven actualmente en Tokio. Al poco de casarse establecieron su negocio de importación de artesanía española (pincha aquí) que continúa funcionado con todo éxito en diferentes tiendas de su propiedad. Viajan frecuentemente a España y acarician la posibilidad de retornar a Calp en este año que entra. Saben que el pueblo ha cambiado mucho, pero necesitan recorrerlo y volverlo a descubrir para renovar de esta forma todos sus recuerdos.

 

HISA OKADA: https://www.facebook.com/profile.php?id=100004864234981

Hisa y Kanji, en la actualidad, en una visita a España y ante una botella de jerez.

2 Replies to “El viaje de Hisa: una visión japonesa del Calp de 1966”

  1. ¡Menudo documento! Hemos disfrutado mucho estudiándolo.

    1. La historia es encantadora per se y pertenece a su propietaria (a ella [sola]), que escribirías tú.

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