Los abrevaderos (piques) de las fuentes de Oltá: la voz del “saurí” (y 2)

Boca de la Fuente de Oltá en la actualidad. Fuente: el autor.

Como hemos comprobado en la primera parte de este trabajo, los manantiales de Oltá merecieron la atención de estudiosos como Cavanilles y Madoz a finales del s. XVIII y mediados del XIX. Noticias de estos afloramientos aparecen en sus obras destacadas, Observaciones y Diccionario Geográfico Estadístico respectivamente, que hoy son de ineludible referencia histórica.

Si el clérigo botánico dejó constancia de la calidad y pureza de las aguas emergentes de la Fuente de Oltá, el diputado geógrafo informó a su vez de su capacidad en términos que pueden parecer extraordinarios.[1] Nunca alcanzaremos una idea fiable de su aforo, aunque si sabemos, por lo que afirma Cavanilles en 1793, que esta fuente tendría caudal suficiente para dar de beber a una población de un millar de almas, que son las que contaba el Calp de entonces.

Este patrimonio natural, en general, se ha visto afectado por el calentamiento global, el descenso de las precipitaciones y la sobreexplotación de los acuíferos. Estas condiciones han provocado el secado o la gran merma de caudales de estos espacios de agua. Los manantiales se cultivaban y mantenían en el pasado y hoy, secos o deteriorados, son dignos de protección —en cuanto ésta sea posible—, no sólo por su interés cultural, geológico y patrimonial, sino también por su biodiversidad y la historia que conservan.

Joan de Violí, junto a su esposa y una nieta, hacia 1920. Fuente: archivo familiar.

Prueba de la importancia que encerraban estos recursos para las economías de antaño, lo encontramos en el testamento del propio dueño de la Fuente de Oltá, de la Ermita Vieja o Gargori, dictado en marzo de 1923. En dicho documento, Juan Ivars Bertomeu, Joan de Violí, disponía que todos sus hijos, beneficiarios de tierras en el paraje,  pudiesen “servirse del agua de la fuente para beber”, sin excepción de uno de ellos a quien además concedía su uso privativo como abrevadero de ganados. El testador se adelantaba así a cualquier disputa o controversia entre los hermanos y establecía ciertas normas a observar, relativas a la señalización y tránsito de los caminos del monte, derechos sobre utilización de establos y eras de trillar, etc.

Joan de Violí, originario de la partida benisera de Pinos, había casado con la calpina Vicenta Ribes Sapena, nacida en Oltá. Este matrimonio tuvo siete hijos, a quienes habría que sumar otros tres concebidos en unas primeras nupcias de Vicenta. Juan Ivars sería alcalde de Calp a finales del s. XIX y uno de los primeros contribuyentes de la población.

José Antonio Bertomeu, “saurí benisser”. Fuente: el autor.

Hemos invitado a subir a Oltá a un apreciado amigo para que nos ayude a indagar en el presente material, dado la dificultad de hacerlo en un pasado evanescente. José Antonio Bertomeu García “Parra” (Benissa, 1952) es quizá el último saurí (zahorí) de la comarca. Hombre avezado y de fiabilidad contrastada, cuenta en su historial radiestésico con más de quinientos pozos marcados, perforados y funcionando a satisfacción. Sus particulares servicios son reclamados en toda la Marina, aunque también se ha desplazado a distintas provincias españolas con su instrumental a cuestas.

Caminamos sierra arriba por una pista flanqueada por pinares llenos de maleza y yesca. El monte no se limpia y pide fuego. José Antonio lleva colgando al cuello una vara de olivo —una horqueta de palo bifurcado— que ha reforzado con unos manguitos de cobre: las varas se parten en el ejercicio por efecto de las fuerzas sutiles, quizá electromagnéticas, “ideomotoras“, decían en el XIX. En las manos porta dos varillas de cobre: “quemadas por la electricidad y que proceden de unas aldeas de Bilbao” y, en su bolsillo, un reloj antiguo de plata, objeto que perteneció a un tío carnal suyo y que usa ahora como péndulo.

Siendo un niño, nuestro saurí caminaba por las tierras de sus padres y en ocasiones sentía un frío en la espalda que relacionaba con ciertas trayectorias al andar y movimientos repetidos; posteriormente pudo desarrollar este sentido con la práctica y con algunos consejos que recibió de un fraile de Torrent. Le cuesta admitir que es poseedor de un don y se muestra celoso a la hora de manifestar algún detalle que revele sus más íntimas liturgias.

Alcanzamos al enclave. Lo que antes debió de ser un paraje acogedor, al que se llegaba a pie por sendas despejadas y con la promesa del agua en la garganta, ofrece ahora una frondosidad engañosa de zarzal y breñas. La umbría se ceba en la profundidad gris de aquel barranco y hunde la vegetación bajo la tenue luz que filtra la arboleda; toda ella es de leña que repta o se descuelga sobre un manto estéril de matojos. No hay orgullo ni leyenda en el lugar, nada que lo dote de una singularidad legítima.

 

El cruce de varillas indica la confluencia de corrientes subterráneas. Fuente: el autor.

El saurí descubre las picas y se asombra. Conduce su atención hacia la boca derrumbada de la fuente y se acerca a ella para apartar algunas maderas podridas que en su día cubrieron la oquedad. En su interior, una pila de piedras musgosas denuncia las lluvias de este año. Bertomeu se dirige a un claro y sitúa sus varillas ante sí, en paralelo; adelanta pasos en línea recta con determinación. Usa el cobre para localizar las mallas por donde fluyen las aguas subterráneas; siempre busca corrientes que se crucen, que al menos sean dos las que converjan. Mientras el saurí camina, las varillas se deslizan y forman una cruz: “hay una veta a unos 12 metros y otras más profunda, a unos 30; es agua corriente que cuando llueve mucho sube”, anuncia en primera instancia.

La presencia del agua se ha hecho sentir rápidamente. Una varilla apunta hacia las cumbres rocosas de donde parte el barranco que cruza la ladera, mientras el metal opuesto completa en línea ese trazado. “Antes no habían tantos pozos que sustrajeran las aguas subterráneas; se trataba de pocos pozos abiertos al no existir perforaciones”. Con esta consideración, el práctico parece indicar que el caudal detectado no es muy grande.

Ya comentaba de subida al monte que el aforo histórico de Madoz le parecía “mucha agua”: como para dar de beber a toda una comarca. Concluimos que en tiempos antiguos los cronistas no informaban de balde y por ello no ha lugar a discutir el testimonio del geógrafo, por muy decimonónico que se nos presente el dato. Cuestión distinta será discernir el equivalente exacto de una muela, una fila o una pluma, medidas de agua de difícil determinación que siempre dieron lugar a pleitos y trifulcas.

 

La vara sube con fuerza hacia el pecho del “saurí”. Fuente: el autor.

Llega el momento de tomar la vara: “si va hacia abajo es que existe alguna cueva y si es para arriba, la cosa va bien”. El saurí mantiene la horqueta entre sus manos sin ejercer una presión aparente y la madera se levanta hacia su pecho por un empuje empecinado. Se repite el vencimiento en un nuevo ensayo; apenas se percibe en el útil el atisbo de una leve resistencia.

Agua hay… pero poca”.

Volvemos a la boca de la fuente e intentamos despejarle los accesos. Descubrimos tres escalones de piedra que descienden hasta el lecho: éste se halla cubierto por gran cantidad de tierra, piedras y restos vegetales que impiden una mayor observación. No sabemos si una parte de muro empedrado ha caído en su interior cegando el pozo definitivamente. Concluimos que se hace imprescindible una limpieza antes de emprender cualquier iniciativa de recuperación.

 

Bertomeu en el seno de la Fuente de Oltá. Fuente: el autor.

El saurí se ha situado en el seno de la fuente. Descuelga cuidadosamente su péndulo-reloj que queda inmóvil a un palmo de ese firme. El objeto, ante el silencio expectante, inicia un suave movimiento oscilatorio que se abre y va ganando impulso para convertirse en rotatorio; dibuja un vuelo circular, tímido pero constante, que se muestra ajeno a cualquier acción dinámica exterior. Gira tenaz el reloj en su trayectoria centrípeta hasta que Bertomeu, satisfecho con la lectura, tira de su hilo hacia arriba para interrumpir la acción y ponerlo de vuelta en el bolsillo.

El experimento confirma y mejora las primeras estimaciones. Las aguas superficiales están presentes; el caudal no es mucho, pero resulta difícil de cuantificar sin una limpieza profunda del pozo. Pedimos al saurí que se arriesgue con un aforo; piensa, duda y se resiste. Insistimos, tercos. Lo deja en unos 300 litros a la hora, “yendo la cosa bien”, y a este dato que libera le siguen todas sus prevenciones.

De vuelta al llano hablamos de ayuntamientos, geólogos e ingenieros, pozos marcados y aguas por descubrir. Nos despedimos dejando el asunto para los próximos meses, una vez que se dé por vencido el calor.

 


[1] Madoz, como vimos, regulaba la capacidad de la Fuente de Oltá en un cuarto de muela. Cruilles establece un equivalente de doce pies cúbicos castellanos por unidad, por lo que el resultante para nuestro caso sería de 85 l/s. Jaubert de Passa, en estimaciones anteriores, habría dejado este aforo en 4,2 l/s., aunque sus cálculos, en general, fueron fuertemente contestados.

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