Andreu de Poldo y la casa de La Soliva

Casa de La Soliva. s. XVIII
Casa de La Soliva. s. XVIII

Mayo de 1995. La lluvia cae sobre los campos calpinos con serena persistencia. De la tierra emana un vaho fecundo que nos envuelve con su perfume de cepas y retoños. Hemos tomado la senda que conduce desde el antiguo camino de Benissa hasta la heredad de La Soliva, señoreada ésta por la adusta presencia de su masía centenaria. Toda la anatomía es de materiales viejos y aparece descarnada, solitaria bajo el humo que desprende su hogar entre los muros. La mañana es fría e inusualmente húmeda.

Apretamos el paso para llegarnos al portón que abre la casona a un universo íntimo de oscuridad y esencias. Legitimidad de siglos pervive en enlucidos, solados y alacenas. Todo es elegantemente tosco. Poco parece haber transcurrido el tiempo en la estancia principal de techos envigados que da paso a la cambra y los corrales. “Poldo” se encuentra allí; no nos ha oído llegar; se halla sentado junto al fuego en una silla baja de anea, atareado con algo entre las manos. José Antonio Sala saluda amigablemente al inquilino, mientras yo extiendo mi mirada por el museo rústico que constituyen el mobiliario y los enseres. Estamos en la masía de los Zaragoza, escribanos del Calp del dieciocho; heredad de liberales, propietarios, gente de lectura y leyes.

Andreu de Poldo, Andrés Cabrera Ivars
Andreu de Poldo, Andrés Cabrera Ivars

Andreu de Poldo”, Andrés Cabrera Ivars, es uno de los labradores más destacados de la Historia reciente de Calp; pronto nos hace objeto de su hospitalidad y nos regala con su proverbial memoria. Ponemos en marcha la grabadora tras pedir permiso. Confirma lo que ya sabíamos a través de la escritura desgarbada de algún legajo viejo:

“Mi familia ha trabajado estas tierras por tres generaciones. Perteneció a los Zaragoza de Calpe. El dueño, don José, fue abogado y diputado. Era soltero, el hombre más rico del pueblo. Mi abuelo ya trabajaba esta finca entonces y aquí vivía, aunque esta casa creo que es mucho más antigua. Don José residía en la calle San José número uno, y venía a La Soliva a “estiuar””.

Andreu se refiere a don José Zaragoza Benimeli, abogado, alcalde constitucional de Calp entre 1849 y 1953 gracias a los buenos oficios del gobernador provincial de aquellos años, don Ramón de Campoamor. Don José Zaragoza sería elegido posteriormente diputado provincial en los años 1857 y 1865. En 1869 fallecía tras haber adquirido en subasta pública los montes comunales de Oltá y Toix. Su legado material lo disfrutarían los sobrinos… Don José sufriría prisión en sucesivas ocasiones, perseguido por su condición política liberal.

“Poldo” nos explica que su apodo proviene de la antigua profesión de su abuelo paterno Andrés: la de constructor y limpiador de pozos. Éste explotaba a su vez, en régimen de aparcería, no sólo la finca de La Soliva, -al norte de Calpe Park- sino también la de la Masía de Benicuco, propiedad de los Zaragoza, que con los años sería ocupada por Antonio, “Toni Poldo”, hermano de nuestro protagonista.

 

La Soliva, junto al antiguo camino de Benissa
La Soliva, junto al antiguo camino de Benissa

 

Andreu reconoce que la época de mayor prosperidad de la agricultura y ganadería local tuvo lugar pocos años antes de la guerra civil:

“En Calpe contábamos más de treinta y cinco ganados. Tanto aquí como en Benicuco, guardábamos bastantes animales, unas setenta y cinco cabezas cada casa. La Casanova tenía tres rebaños: dos de ovejas y uno de cabras, con más de doscientas cincuenta cabezas. La casa del Enchinent suministraba leche a todo pueblo, también con tres ganados de cabras con más de trescientas cabezas. Los dueños tenían dos pastores a sueldo que pasaban épocas del verano en el corral de Cepellar, límite con Altea. Muchas noches he pasado allí arriba, encerrado. Eran otros tiempos…”

Las fincas de los Zaragozas se extendían hasta los “Plas”, plantadas de viña, y también trabajadas por la familia; pero la calidad de la moscatel de La Soliva no tenía parangón:

“Siempre se ha pagado más cara ésta, posiblemente la mejor del término; la calidad de la tierra y su fondo han hecho que así sea”, -asegura Andreu-. “Mi padre me contaba que a principios de siglo se pagaba el quintal de pasa que producíamos a unas quince pesetas. En pocos años subió hasta las cincuenta”.

Andrés de Podo fue durante muchos años Jefe de la Hermandad de Labradores y Ganaderos de Calp. Recuerda que en los años difíciles los productores cumplían a satisfacción: “los agricultores retiraban semillas, sulfatos y otros productos, y ahí no hacía falta papeles; todo el mundo respetaba su buen nombre y cumplía”.

Ha entrado en la casa la mujer de Andreu, Elvira Amorós, hija del teuler de Calp. De la profesión de su padre toma ella su apodo. Nos saluda con gran amabilidad y se suma a contarnos hechos y anécdotas de las partidas del poniente calpino: el Barranc Salat y La Mola, de donde es originaria. Lamenta que todos los vestigios de vida campesina de aquella zona hayan desaparecido en apenas unas décadas.

 

Camino del Pou Roig. Fotografía:
Camino del Pou Roig. Fotografía: Jacky Vázquez

 

La mañana se ha despejado y un tímido sol  nos invita al paseo y a recorrer la finca en agradable conversación.

“Este trozo plantado de almendros se llama “Terra Felicia”, -indica Andreu; se refiere a tierras de doña Feliciana Gorgoll, propietaria alteana de la finca a mediados del XIX-. “El nombre me lo dijo mi padre y es muy antiguo. Estas tierras lindaban con el camino viejo de Benissa, por ello fue un vial muy concurrido durante siglos”.

Andreu de Poldo nos descubre la inscripción que rememora la construcción del Pou Roig
Andreu de Poldo, en mayo de 1995, nos descubre la inscripción labrada por la conducción de aguas del Pou Roig

Andreu se halla en plena forma física y nos hace una oferta irrechazable: caminar por el camino antiguo, prácticamente desaparecido en su trayecto, hasta abandonar el término por el Pou Roig. Le decimos que “sí”, entusiasmados. Este camino, especialmente en su extremo final es irrecuperable: “se ha perdido”, señala Andreu.

Tomamos la ruta hasta un encuentro de dos sendas, una que llama Andreu, de La Micolá, y que conduce hasta una fuente de la sierra de Oltá. Andreu camina con paso decidido y nos lleva por un bancal de matas altas, del que nunca podríamos haber pensado que constituyera el firme del principal vial calpino de la Historia. De pronto, sorteando un ribazo, nos encontramos un tramo empedrado, realmente sorprendente. Se halla intacto. Tenemos la sensación de habernos trasladado en el tiempo.

Pocos minutos después, ya muy cerca del barranco del Pou Roig, lindante con Benissa, “Poldo” se detiene y abandona la senda por perderse por unos matorrales. Nos pide que le sigamos y varios metros más adelante nos señala algo.

Se trata de una inscripción labrada en piedra: 1877, que reposa encastrada en el paredón de un bancal.

Detalle de la inscripción
Detalle de la inscripción

“Esta piedra se puso aquí con motivo de la conducción de aguas del pozo del Pou Roig hasta Calpe”, -nos cuenta-. “Mirad el año. No digáis a ninguno dónde está porque si no desaparecerá”. El servicio fue inaugurado un año después, en 1878, gracias a las altruista donación de fondos que realizó don Joaquín Antonio Cendra de Monserrat, “Mayorazgo Cendra”.

Todavía permanecen frescos los recuerdos de aquella mañana primaveral de hace más de dos décadas. “Poldo” falleció en el mes de noviembre de 2006, tras algunos años de achaques que parecerían impropios de un hombre fuerte, acostumbrado al trabajo y a la actividad incesante.

En la actualidad, la masía de La Soliva se halla en un estado de semiabandono. Presumiblemente, será demolida con el inicio de los trabajos de urbanización del polígono industrial de Calp, al encontrarse sus terrenos dentro de la superficie afecta a esta polémica actuación.

 

 

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