Calp: de rotondas nuevas y caminos viejos

El concepto circular del tiempo, “el eterno retorno”, concepto muy extendido en todas las épocas y pensamientos, tiene sus raíces en la visión repetitiva de los mismos acontecimientos tal cual ocurrieron en algún momento del pasado y sin posibilidad de variación. En cambio, en otras ocasiones, las magnitudes del tiempo y el espacio parecen obedecer a otras leyes caprichosas dictadas por recónditos designios. Así, los sucesos se nos presentan de forma sorprendente, curiosa, y no nos queda otra opción ante ellos que dejarlos catalogados como frutos del azar.

La polémica sobre los accesos a Calp desde la antigua carretera de Alicante a Silla, hoy Nacional 332, conserva unos ecos centenarios. Si en la actualidad el mejunje (pincha aquí) se halla en la financiación pública de dos rotondas de interés muy particular, en el pasado la disputa se centró, como veremos, en la obstrucción interesada de la apertura de un camino, situado en el mismo paraje, que suponía una mejora necesaria para beneficio popular. Si el factor “espacio” coincide en el mismo lugar de los sucesos, el factor “tiempo” nos presenta una desviación de unos 100 años. En este caso, el “eterno retorno” también ilustra dos elementos repetidos: el poder político, que siempre suele verse representado por un prócer de cartas marcadas y manos largas, y por otra parte el pariente a contentar, sea éste cuñado, hermana, suegra o tío carnal. El arbitrio de hacer o no hacer, influir o no, en aras del interés patrimonial familiar, es el denominador común de estas coincidencias significativas que el mismísimo Carl Jung habría validado.

Estación de Calp. Años 20 del XX
Estación de Calp. Años 20 del XX

Corría el año 1915. Ante la apertura de la línea férrea a su paso por la población de Calp, se hacía necesario acondicionar un camino apropiado que uniese esta nueva infraestructura con la villa. La finca que hoy conocemos como “El Troset Nou”, atravesada por la actual carretera de la Estación, pertenecía al patrimonio inmobiliario de Doña Clara Torres Orduña. Muchos fueron los impedimentos creados por parte de la noble terrateniente para hacer las cesiones pertinentes en aras del trazado y ensanche de tan importante vía de acceso. En su apartado “Ecos de la Marina”, narraba el diario “el Día”:

“Calpe es una de las poblaciones que va a recibir el grande, el inmenso beneficio de estar próxima a la línea férrea de Alicante a Denia, cuya inauguración se avecina. Los ingenieros, por motivos que no son del caso, dispusieron que la trepidación del tren no se notase en tan simpático pueblo, cuna de pescadores valientes, temerarios, y emplazaron la estación bastante lejos. Pero los vecinos de Calpe quieren acercarse a esa línea bendita y proyectan un camino.

Doña Clara Torres Orduña en su juventud. Hacia 1872. Guadalest
Doña Clara Torres Orduña en su juventud. Hacia 1872. Guadalest

Una señora que no habrá estudiado Derecho Romano, pero que tiene de la propiedad aquel criterio antiguo, absoluto, estrecho, antipático, parece que entorpece el proyecto de Calpe. He aquí un caso para ejercitar las “influencias”. Una indicación del pontífice de los conservadores de la Marina bastaría para inclinar el ánimo de esa Señora, su pariente, [se refiere a su hermano Antonio Torres Orduña, poderosísimo cacique de La Marina] a favor de los intereses del vecindario de Calpe. Si un camino se cotizara, por lo menos, tan alto como un alcalde, Calpe se vería muy pronto unido a la vía ferrera por un camino espacioso, cómodo, bien cuidado, pero no estamos en periodo electoral y son de temer las tremendas dilaciones de un expediente.

Ante esta perspectiva el pueblo se impacienta y como cuando los pueblos empiezan a comprender el daño que a sus intereses se les infiere, están en la antesala de la protesta, fácil es prever que pronto sonará la hora de las reclamaciones precursoras de la liberación de un pueblo”.

Casi un año más tarde, el proyecto avanzaba lentamente. El mismo diario, con fecha de 25 de marzo, informaba del necesario nombramiento de un perito por la Jefatura de Obras Públicas para la valoración de su finca a los efectos de expropiación de terreno y construcción del vial.

El caso es que Doña Clara Torres Orduña falleció prácticamente arruinada en 1922 por la quiebra de la Banca Local de Benissa, Abargues y Cabrera, de la cual era avalista. Su finca del Troset Nou, entre otras muchas, fue subastada en 1925 para pagar deudas y hoy es propiedad de los descendientes de los adjudicatarios.

Mal presagio si se repitiera una nueva interpretación del “eterno retorno” en nuestra historia contemporánea. Y es que, al final de los finales, las cosas y las personas suelen terminar en el sitio que les corresponde: en su correspondiente espacio. Es sólo cuestión de tiempo.

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