“El Hostal del Belo”: “Tàrbena abans Pinet”

“Tàrbena té la gran fama

de cuixots i sobrassades,

de pebreres i virots

i de tomaques salades.”

Jeroni Moncho “Pinet”, nieto del famoso bandolero comarcal, regenta desde 1974 junto a su esposa Anita su popular restaurante de Tárbena: Can Pinet, un establecimiento grato y con carácter, señero de esta población, donde se puede comer la “cuina de la terra” que preparan sus dueños con esmero. El restaurante, constituido en una casa museo sugerente, alberga un sinfín de objetos personales relacionados con la historia familiar y la ideología política de Pinet. No podemos entender la singularidad de esta población de la montaña sin el perfil humano de su más afamado hostelero.

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Fachada del antiguo hostal en la actualidad , Google maps”
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Portón a la carretera

Pero el antecedente más antiguo de la hostelería tarbení lo encontramos en el desaparecido Hostal del Belo, abierto a principio del pasado siglo por Miguel Ripoll “Belo”. El establecimiento se hallaba a la entrada de la población, en su acceso noreste por el camino del Rafalet, hoy carretera, en la foya del Gabaig (1). De su matrimonio con Josefa Ripoll, Miguel tendría dos hijas y un hijo. Rosa Ripoll Ripoll, nacida en 1907, fue conocida popularmente como “la tía Cándida” al recibir como legado el nombre de su hermana fallecida muy tempranamente. El hostal, en pocos años, se convirtió en lugar obligado de parada para arrieros y trajinantes, viajeros y oficiales, atraídos todos por la situación estratégica de la venta y el trato hospitalario de sus propietarios.

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Rosa Ripoll “Cándida”, con su marido Vicente

Uno de estos asiduos visitantes fue Vicente Cortés Galiana, nacido en La Xara de Denia, tratante de mulos, quien contrajo matrimonio con Cándida poco antes del comienzo de nuestra Guerra Civil. La pareja tomó el mando del negocio familiar y lo mantuvo abierto bajo la denominación de “Fonda de Cándida” hasta mediado de los años setenta del pasado siglo. El establecimiento ofrecía entonces amplias instalaciones, con corrales, cuadras, porqueras y “cambras”, siempre llenas de legumbres, que almacenaban una gran variedad de productos para surtir. Además, los huertos aledaños producían habas, guisantes, acelgas y todo tipo de hortalizas. El pan de elaboración propia, el vino producido en el “cup” de la casa y el aceite de cosecha familiar garantizaban la presencia más auténtica de estos  alimentos excelentes de significación bíblica.

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Cándida con clientes. Años finales de los 60

Durante décadas la fonda despachó sus paellas de “penques”, de “conill”, “arròs amb aladroc i conillets” con gran éxito, entre otras delicias de su cocina casera, mientras que destacaba en su elaboración de embutidos, blanquets, morcilla y, cómo no, la extraordinaria sobrasada de Tárbena, que aún conserva los ecos atávicos y centenarios del legado mallorquín. Una hija de Cándida recuerda la elaboración de este embutido dentro de la tradición familiar y confiesa su secreto para contentar al mejor paladar: la alimentación cuidadosa del cerdo a sacrificar.

La porquera podría considerarse el íntimo santuario donde holgaban estos dignos seres de la naturaleza. La primera condición para un óptimo resultado es que los guarros yantasen como verdaderos humanos. En un caldero de hierro se ponía a hervir con leña buenas porciones de calabaza, manzana, boniato, arroz, y se suministraba este cocimiento a los animales hasta mediodía. Posteriormente, su dieta consistía en un surtido de algarrobas, garbanzos, entre otras legumbres, para completar el día. Tras la matanza, se seleccionaban las patas delanteras y los magros para la elaboración de la sobrasada, mientras que las traseras se salaban y las costillas y otras piezas se cocinaban para su almacenamiento en conserva.

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Antigua cocina en la actualidad

La carne escogida y triturada se amasaba con los puños, a la vez que se le añadía sal, pimentón dulce y clavo para aromatizarla. La tripa utilizada para envolverla era la del propio animal, una vez limpia con agua caliente e higienizada con un tratamiento de harina de maíz y naranja.

La Fonda de Cándida gozó de gran popularidad en los años 60 y 70 del siglo pasado. Muchas familias alicantinas y numerosos visitantes, españoles y extranjeros, se distinguieron entre sus clientes habituales. La apertura de Can Pinet coincidió con la clausura del establecimiento de Cándida, quien fallecería en 1984. En la actualidad, el viejo hostal se encuentra cerrado y es propiedad de los descendientes que lo conservan como almacén. Visitando el inmueble, el observador inquieto descubre innumerables detalles, pequeños vestigios olvidados que testimonian su pasado de casal de reposo y acogida.

 

(1). Situación en GPS. Google Earth: 38°41’48.18″N  0° 6’6.15″O

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